Es relativamente fácil notar que una buena parte, sino la mayoría de los esfuerzos de conservación ambiental se han concentrado en proteger y promover la biodiversidad. El cambio climático, la contaminación y expansión de las ciudades y otros efectos antropogénicos nocivos han producido una disminución de la cantidad y variedad organismos silvestres, produciendo una tasa alarmante de extinciones. Para muchas especies se levantan alarmas de riesgo de extinción y nos aliviamos cuando por fin sus poblaciones vuelven a números estables y seguros.
Una idea muy promovida por la ética ambiental es que todos los seres vivos poseen un valor en sí mismo, por lo tanto, toda la biodiversidad merece protección. Sin embargo ¿Es esto así en la práctica? ¿Valoramos a todas las especies por igual? ¿Nos esforzamos en proteger a todas las especies? O más aún ¿Hay ciertas especies que podrían considerarse intrínsecamente nocivas? Estas preguntas ponen en cuestión nuestras ideas sobre la conservación y la protección de la biodiversidad.
Por ejemplo, no dudamos en poner todos nuestros esfuerzos en erradicar a microorganismos patógenos, aquellos que nos causan enfermedades. Pocas personas dudan de que eliminar al virus Covid-19 sería buena idea. O quizás a bacterias como la Salmonela. También parece ser una idea aceptable eliminar aquellos parásitos que perjudican a aquellos organismos que sí apreciamos más, cómo nuestras mascotas. También, solemos apreciar mucho más a las especies nativas, amenazadas muchas veces por la presencia de especies invasoras que convendría, quizás, eliminar del lugar en que no pertenecen.
Aunque estas ideas puedan sonar algo duras, es necesario hacernos estos cuestionamientos. Dado que, en la actualidad, sí poseemos tecnologías para extinguir deliberadamente a especies mucho más efectivas que en el pasado: la genómica.
En mayo de 2025, un grupo de investigadores abordaron precisamente este asunto en una comunicación de la revista Science: Hay casos concretos, muy escasos, en los que sí sería lícito utilizar tecnologías genéticas para erradicar especies. De forma muy general, estas tecnologías modifican a especímenes de la especies para hacerlos reproductivamente inviables, lo que finalmente puede erradicar a poblaciones completas. Según los investigadores, reiteramos, uso de estas herramientas debe ser muy selectivo y escasos, entre los cuales destacan los siguientes.
El gusano barrenador
El gusano barrenador (Cochliomyia hominivorax) es una mosca cuyas larvas devoran la carne viva de animales de sangre caliente, causando infecciones mortales; su nombre, «devoradora de humanos», indica que también ataca a personas. Es una plaga grave del ganado, ya erradicada de Norteamérica y Centroamérica mediante la técnica del insecto estéril (SIT): se crían millones de moscas, se las esteriliza con radiación y se las suelta desde aviones. Las hembras silvestres que se aparean con machos estériles no dejan descendencia, por lo que la población colapsa. Como el método es carísimo, hoy se estudia potenciarlo con genética: cepas modificadas que solo permiten sobrevivir a los machos, o el uso de un gene drive, un mecanismo que hace que un gen dañino se herede en casi toda la descendencia hasta hacer inviable a la población. Con estas herramientas, la extinción total del gusano aparece por primera vez como una posibilidad real, y los autores la consideran uno de los casos más justificables.
Los mosquitos de la malaria
Los mosquitos Anopheles gambiae transmiten los parásitos Plasmodium que causan la malaria, una ya archiconocida enfermedad que mata a más de medio millón de personas al año. La herramienta candidata es un gene drive de sesgo sexual, que altera la proporción de machos y hembras hasta que, sin suficientes hembras, la población se desploma. Además, señalan que es bastante posible que, cualquiera sea la función ecológica del mosquito, probablemente pueda ser cubierta por otra especie. Sin emabrgo, también los autores señalan que se puede evitar la extinción: lo que enferma no es el mosquito sino el parásito, y este puede combatirse con mosquiteros, vacunas o incluso un gene drive que modifique al mosquito para que deje de transmitirlo, sin exterminarlo. Se elimina la enfermedad sin borrar al portador.
Roedores invasores
El ratón doméstico y las ratas negra y parda, especies invasoras en muchas islas de Oceanía, arrasan con aves endémicas indefensas. Se propone un gene drive de sesgo sexual para eliminarlas solo de esas islas, un método más preciso y humano que trampas y venenos. El problema: si algún individuo modificado escapara de la isla, el impulso génico podría propagarse y extinguir a la especie en todo el planeta. Y esto es un problema, porque estas especies no son invasoras en sus hábitats naturales, al contrario, son nativas. La cuestión de ser exótico o invasor tiene más que ver con no estar en el lugar de origen o en el hábitat correcto, más que con la especie sea perjudicial en sí misma. Por eso casi nadie acepta este uso mientras exista un riesgo no despreciable de extinción global, y la investigación se centra en diseñar impulsos limitados en el tiempo o a poblaciones concretas.
Cuestiones bioéticas
En términos prácticos, estas soluciones parecen muy prometedoras y éticamente aceptables. Sin embargo, esconden algunos supuestos que es interesante interrogar. El gusano barredor parece ser un ejemplo de una especie intrínsecamente perniciosa. Pero ¿Es perniciosa en sí misma o para nosotros y las especies que apreciamos, como el ganado? ¿No tiene su vida un valor en sí mismo? Respecto a los mosquitos de la malaria, se señala que su rol ecológico puede ser remplazado, nuevamente enfatizando su valor instrumental, antes que su valor intrínseco. Luego, se afirma que puede asegurarse la sobrevivencia del mosquito, eliminando solamente al parásito que portan y que es el verdadero causante de la malaria. Pero, nuevamente ¿No tiene este parásito un modo de vida, ciertos intereses y un cierto valor al margen del ‘daño’ que nos causa a nosotros? Finalmente, muchas de las especies invasoras ya se han asentado en nuevos hábitats y han establecido sus hábitos de vida, en perjuicio de las nativas. Pero ¿tenemos el derecho a matarlas incluso si es solo en los hábitats donde no pertenecen? Muchas de ellas no se han introducido ahí por sí solas, si no que por el ser humano. Erradicarlas sin más, no tiene en cuenta el sufrimiento individual de esos animales.
En suma, pareciera que estas herramientas de erradicación abren una encrucijada bioética compleja. Por un lado, nos pueden ayudar a eliminar especies ‘nocivas’ pero, por otro lado, nos enfrentan a una pregunta difícil ¿Cómo conciliamos esto con la idea del valor intrínseco? ¿Queremos promover y proteger a toda la biodiversidad o solo a una parte de ella?
Referencia:
Gregory E. Kaebnick et al., Deliberate extinction by genome modification: An ethical challenge. Science 388, 707-709 (2025). https://www.science.org/doi/10.1126/science.adv4045