El 24 de marzo de 2020 se cumplen 138 años desde que el premio Nobel alemán Robert Koch anunciara el descubrimiento del bacilo de la tuberculosis, que en esa época diezmaba a la humanidad. Hoy, buscamos colonizar Marte y la inteligencia artificial comienza a dominar nuestras vidas, pero la tuberculosis sigue causando globalmente más de 10 millones de enfermos al año y es la primera causa de muerte de origen infeccioso con más de 1,5 millones de fallecidos; por encima del VIH/SIDA1.
Lo que esas cifras globales no dicen es que más del 90% de todos los enfermos y muertes por tuberculosis se concentran en países de ingresos bajos y medios-bajos2. Por otra parte, en países desarrollados, por ejemplo EEUU, en 2018 más del 70% de los casos fueron migrantes de países pobres e individuos en condiciones de hacinamiento o malnutrición: alcohólicos (9,3%), drogadictos (6,8%), personas en situación de calle (4,3%), reos (3,6%), minorías étnicas, entre otros3. Ello ha perpetuado silenciosamente la estigmatización e invisibilización pública de esta enfermedad.
El impacto de condiciones precarias de vida se explica porque un estado nutricional inadecuado debilita la inmunidad ante esta infección y, por otra parte, porque esta bacteria se transmite por el aire a escasos metros de distancia, siendo la ventilación y la luz natural claves para reducir la posibilidad de contagio a quienes rodean a un enfermo. Así, no debe llamar la atención que desde fines del siglo XIX en Occidente la principal causa de reducción de la tasa de mortalidad por tuberculosis haya sido la mejora en las condiciones de vida de la población, muy por sobre la vacuna o los antibióticos4.
En Chile no estamos ajenos a esta realidad. En 2019 hubo casi 2900 enfermos de tuberculosis; de los cuales sabemos mueren anualmente un 10-11% pese a existir un tratamiento gratuito desde hace décadas5. Una estrategia eficaz contra este grave problema de salud pública exigiría que adicionalmente se ofrezca un tratamiento preventivo a todos los contactos que viven con ellos, a nivel domiciliario, en centros penitenciarios, hogares y centros de acogida; estrategia demostradamente efectiva en prevenir nuevos casos, pero aún no implementada en nuestro país.6 Pero, tampoco bastará con lo anterior si no se desarrolla una política concreta de solución a las inaceptables condiciones de hacinamiento en que viven muchos de esos grupos de riesgo.
Por:
Dra. María Elvira Balcells
Infectóloga
Facultad de Medicina UC