En 1665, Robert Hooke observó al microscopio una lámina de corcho y describió pequeñas cavidades poligonales que le recordaron las celdas de un monasterio. Las llamó cells, células. Publicó el hallazgo en Micrographia (Hooke, 1665), sin saber que había bautizado la unidad estructural y funcional de todo ser vivo. Dos siglos después, Schleiden, Schwann y Virchow consolidarían la teoría celular: toda célula proviene de otra célula, y en ella —no en el órgano ni en el organismo completo— reside la vida en su forma mínima operante.
Desde entonces, la biología ha buscado no solo describir la célula, sino rehacerla. Ese es el proyecto de la biología sintética: un campo que no se limita a modificar organismos existentes (como la ingeniería genética clásica), sino que intenta construir sistemas vivos, o cuasi-vivos, desde componentes químicos inertes. Es decir, crear artificialmente una célula desde cero. Una de sus motivaciones más profundas es (epistemológica): si logramos sintetizar una célula desde cero, tal vez comprendamos cómo pudo originarse la vida en la Tierra.
Aquí conviene recordar al filósofo napolitano Giambattista Vico y su principio (verum et factum convertuntur): solo conocemos verdaderamente aquello que somos capaces de hacer (Vico, De antiquissima Italorum sapientia, 1710). Para Vico, la comprensión plena de una cosa exige haberla construido nosotros mismos. Aplicado a la biología sintética, el principio es provocador: ¿podremos decir que entendemos la vida solo el día que logremos fabricarla? O al revés, ¿solo y la podemos fragmentar y conocer solo sus partes?
Ese horizonte parece haberse acercado con SpudCell, un sistema presentado en la última semana de Junio por el laboratorio de Kate Adamala en la Universidad de Minnesota (Gaut et al., 2026, preprint en bioRxiv). No se trata de una bacteria modificada, sino de un liposoma —una diminuta vesícula de grasa, como una bolsita cerrada sobre sí misma, que hace las veces de membrana celular—, construido de principio a fin con componentes químicos que por sí solos no están vivos. Dentro de esa bolsita hay ADN y la maquinaria mínima para leerlo y fabricar proteínas. El equipo demostró que estos liposomas pueden crecer, copiar su ADN y dividirse, generando hasta 5 generaciones de «descendientes». Pero hay un punto decisivo, y es el que más nos interesa aquí: para crecer, SpudCell necesita que los científicos le suministren constantemente, desde fuera, los nutrientes y componentes que consume. No se autoabastece; depende, en cada paso, de una mano externa que lo alimenta.
Esto nos lleva directo al corazón bioético del asunto. Es cierto que SpudCell no es autónomo. Pero conviene no apresurarse: nosotros tampoco somos independientes del medio —respiramos, comemos, dependemos del entorno igual que cualquier ser vivo—. La diferencia relevante no es, entonces, la dependencia del entorno en sí misma, sino algo más fino. Nuestras células poseen procesos internos propios, una red que fabrica sus propias moléculas con un único destino: mantener y regenerar esa misma red que las produce. A esa organización autorreferida y autoproductora, dos científicos chilenos —Humberto Maturana y Francisco Varela— la llamaron “autopoiesis” (Maturana y Varela, 1973, De máquinas y seres vivos). Bajo este criterio, SpudCell no fabrica su propia organización desde dentro: la recibe, ya resuelta, de manos de sus creadores. Por eso, y aunque complete un ciclo celular reconocible, SpudCell no calificaría como unidad autopoiética ni, en consecuencia, como ser vivo según este criterio.
Y aquí es donde la pregunta deja de ser técnica y se vuelve bioética. Si un día lográsemos crears una célula sintética verdaderamente autónoma —una que module su propia organización sin andamiaje externo—, ¿qué estatuto le corresponde? Si esa capacidad se extendiera a neuronas sintéticas funcionales, ¿en qué momento un agregado de ellas dejaría de ser tejido para convertirse en sustrato de experiencia? Y si tales neuronas, cultivadas in vitro, llegaran a organizarse en algo parecido a un cerebro, ¿bajo qué criterio distinguiríamos un modelo experimental de un sujeto moral?
Si llevamos este experimento mental aún más lejos en el futuro ¿se podría crear un embrión humano completamente sintético en el laboratorio? Aquí vale la pena traer un precedente que ya vivimos hace treinta años: la oveja Dolly tampoco nació de fecundación, sino de transferencia nuclear (Wilmut et al., 1997), y nadie por eso dejó de llamarla oveja. Lo mismo ocurrió con los primeros blastocistos humanos clonados (Tachibana et al., 2013). Eso revela que el criterio para llamar «embrión» a algo nunca fue realmente el origen por fecundación, sino la organización autónoma del resultado. Y aquí la teología ya se adelantó a esta distinción: En “Dignitas Personae” (CDF, 2008) no niega la dignidad del clonado por su origen técnico —reconoce dignidad a todo ser humano desde que comienza a existir—, sino que condena el “modo” de producirlo, por desconectarlo del acto conyugal y someterlo a una determinación genética ajena (nn. 28-29). Ontológicamente es un ser humano; moralmente, su producción puede ser ilícita. Son preguntas distintas, y esa misma distinción es la que tendríamos que aplicar el día que hablemos de neuronas o cerebros sintéticos: una cosa es si son sujetos, y otra si es lícito fabricarlos así.
Vico tenía razón en algo: cuanto más nos acercamos a fabricar la vida, más profundamente nos vemos obligados a repensar qué es lo que estábamos llamando «vida» desde el principio.
Referencias
– Hooke, R. (1665). *Micrographia*. Londres: Royal Society.
– Maturana, H. y Varela, F. (1973). *De máquinas y seres vivos: autopoiesis, la organización de lo vivo*. Santiago: Editorial Universitaria.
– Vico, G. (1710). *De antiquissima Italorum sapientia*.
– Gaut, N. J. et al. (2026). *A chemically defined synthetic cell capable of growth and reproduction*. bioRxiv, preprint. DOI: 10.64898/2026.07.01.735724
Congregación para la Doctrina de la Fe (2008). Instrucción Dignitas Personae sobre algunas cuestiones de bioética. Aprobada por Benedicto XVI el 20 de junio de 2008; publicada el 8 de septiembre de 2008. Roma: Libreria Editrice Vaticana. Acta Apostolicae Sedis 100 (2008), 858-887 (o AAS 100 [2008], 334-348, según edición).
Por:
Profesor Titular
Facultad de Ciencias Biológicas UC